miércoles, 3 de febrero de 2010

Elizabeth estaba tendida en la cama, mirando el techo, contemplando los versátiles dibujos que pintaba el tenue sol de septiembre.
Y llegó el dolor. Ella no había tomado calmantes porque deseaba el dolor. Se lo debía a Sam. Sería capaz de soportarlo porque era su hija. De modo que se quedó acostada, todo el día y toda la noche, sin pensar en nada, pensando en todo, recordando, sintiendo. Se rió y lloró, y supuso que se hallaba en un estado de histeria. No le importaba. Nadie la podía oír. En la mitad de la noche experimentó de pronto un hambre atroz. Fue a la cocina y devoró un bocadillo enorme; luego lo vomitó. No se sintió mejor, no había nada que pudiera aliviar su pena. Tenía la impresión de que sus nervios estaban inflamados. Su mente rememoraba los años con su padre. Por la ventana del dormitorio vio salir el sol. Poco después, una de las criadas llamó a su puerta. Elizabeth la despachó. Sonó el teléfono. El corazón le dio un brinco. Estiró la mano pensando: <<¡Es Sam!>> Luego se acordó y retiró la mano.
El nunca la volvería a llamar. Jamas volvería a oír su voz. Jamás volvería a verlo.
Un abismo insondable.
Insondable.
Elizabeth se quedó acostada dejándose inundar por el pasado, recordando, recordándolo todo.

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