viernes, 27 de febrero de 2009

Había vuelto de Yugoslavia hacía sólo tres meses, o sea que sus recuerdos estaban aún muy frescos. Le parecía increíble caminar por la calle en pleno día sin sentir miedo, oír el canto de los pájaros y las risas de la gente. En Sarajevo no había risas; lo único que se oía eran explosiones, y luego gritos angustiados.
"John Donne tenía razón", pensó. "Ningún hombre es una isla. Lo que le pasa a uno le pasa a todos, porque todos estamos hechos de arcilla y polvo cósmico. Compartimos un mismo tiempo. Y mientras el segundero universal comienza su recorrido inexorable hacia el siguiente minuto":
En Santiago, una niña de diez años es violada por su abuelo...
En Nueva York, dos jóvenes amantes se besan a la luz de las velas...
En Flandes, una adolescente de diecisiete años da a luz a un bebé ya contaminado por la droga...
En Chicago, un bombero arriesga su vida para salvar a un gato en un incendio...
En San Pablo, cientos de personas mueren aplastadas al derrumbarse las tribunas de un estadio de fútbol...
En Pisa, una madre llora de felicidad mientras mira cómo su hijo da los primeros pasos...
"Todo eso y mucho más en el lapso de sesenta segundos", pensó. "Y el tiempo sigue avanzando hasta que finalmente nos envía a la misma y desconocida eternidad".

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